Blanca Navidad

El bullicio en el salón era ensordecedor. Las risas y los estridentes villancicos despertaron en la habitación contigua a Francisco, o Alex, como se hacía llamar desde que entrara hacía cuatro meses en la banda. Se sentó desperezándose en el borde de la cama y se encendió un cigarrillo. El picor del tatuaje que le habían hecho en el brazo hacía apenas una semana no le dejaba en paz. Se puso los pantalones y la camiseta mientras se acercaba a la ventana. Fuera estaba nevando. Joder, pensó irritado, no recuerdo cuanto tiempo hace que no veía nevar. Suspiró. Y tenía que ser justamente esta jodida navidad, la primera que paso lejos de Janda y Ricki. Hacía cuatro meses ya que Francisco se había separado de su mujer y su hijo de seis años.

Se limpió con el antebrazo las lagrimas que se deslizaban por sus mejillas y se rascó de nuevo el maldito tatuaje. No le extrañaría que se le hubiera infectado teniendo en cuenta las malas condiciones en las que se lo habían hecho. Un boli BIC con un puñado de agujas candentes bañadas en tinta habían sido los encargados de marcarle la piel con esa horrenda serpiente que se retorcía hasta morderse su propia cola formando el símbolo del infinito.

Cuando consiguió recomponerse, Francisco volvió la mirada a la habitación. La imagen de la prostituta rusa de trece años que dormía desnuda sobre el mugriento colchón le hizo sentir una fuerte arcada. Nunca se había sentido tan sucio en toda su vida, y mira que había tenido que hacer cosas muy feas desde que comenzará a infiltrarse en grupos de narcotraficantes. Pero no podía hacer otra cosa, si la hubiera rechazado habría estropeado su tapadera, y estaba muy cerca de conseguir las pruebas para acabar con esos mal nacidos.  Esta vez estaba siendo la peor con diferencia. Sabía que nunca volvería a ser el mismo. Había marcado su cuerpo y ensuciado su alma para siempre.

Salió al salón donde las canciones navideñas inundaban los oídos de los sucios comensales, que daban buena cuenta de las  fuentes de carne, los cócteles de gambas y las bandejas de plata repletas de cocaína y otras drogas.

Vio como muchos, casi todos, se le quedaban mirando. Algunos se reían y se daban golpecitos con el codo. Francisco pensó que se vanagloriaban de lo que acababa de hacer con la niña, pero entonces vio la cara de Hilario, el jefe, el narcotraficante más atroz que había pisado nunca la ciudad, o incluso el mundo si le apuraban. Un sabor agrio le subió por la garganta hasta convertirse en una masa de bilis en la boca. Se quiso engañar pensando que era la mezcla de cordero, tequila y cocaína, pero en el fondo sabía que no era eso, sino el miedo, el más intenso pánico. Ese que sentía por primera vez en su vida.

—Hola amigo Alex —dijo Hilario—. ¿Cómo lo pasaste con la moracha? Toda una fiera. ¿Verdad, cabrón? —Rio a carcajadas—. Ahora siéntate que vamos a hacernos los obsequios navideños. ¿Dónde vas? Siéntate aquí a mi lado, no me seas tímido ahora.

Francisco miraba de reojo a Hilario mientras los hombres y mujeres se intercambiaban regalos: Pistolas, pipas de fumar e incluso agujas con droga fueron los regalos estrella. 

Cuando ya parecía que todo llegaba a su fin y podría largarse, Hilatio le dio una palmada en el hombro a Francisco.

—Ahora el tuyo, cabrón.

—¿Yo? —preguntó algo sorprendido—. No, por favor, no lo merezco, si yo ni siquiera compré nada para nadie. No sabía que…

—¡Anda, cabrón! No te me aplatanes. No pasa nada. Aquí somos muy así… ¿Cómo dicen aquí? Muy generosos. Chucho, ves a por el regalo de Alex que ya estará ansioso.

Francisco no sabía que esperar de esa gente, cualquier cosa era posible. Esperó unos segundos que se le hicieron eternos hasta que Chucho entró arrastrando una cuerda.

Bueno Hilario, aquí tengo el regalo del compadre Francisco. 

Las manos comenzaron a temblarle. No podía casi respirar y por poco se orinó encima al oír que le llamaban por su verdadero nombre.

—Claro que sí cabrón. Aquí está nuestro obsequio Alex, o mejor le llamo sargento Francisco Ribas, que ya tenemos una confianza, ¿No? —Se levantó y estiró de la cuerda—. Cómo le tengo mucho aprecio y sé que los echa mucho de menos, le he traído a su familia.

Un grito ahogado salió de la garganta de Francisco cuando al segundo estirón de Hilario a la cuerda, vio salir al otro extremo a su mujer y su hijo atados y ensangrentados. El niño le miró con lágrimas en los ojos.

—Papá…papá —gemía con la voz cada vez más apagada el pequeño. Era como si se alejara y distorsionara.

—¡Papá! —grita esta vez con una voz mucho más viva y nítida.

Francisco despertó sobresaltado sobre su cama. Sudando a borbotones y con lágrimas en los ojos. Miró a su hijo saltando sobre su cama, riéndose.

—¡Papá está nevando! ¿Ves? Te dije que en Navidad nevaba, ¿a qué sí, mamá?

—Sí, cariño —dijo su mujer desde el servicio.

Francisco la miró, ella se arreglaba frente al espejo. Se levantó, acarició el pelo de su hijo y le dio un beso en la cabeza. Después se acercó a su mujer, la cogió por la cintura y le besó en la nuca. Ella no dijo nada, estaba un poco arisca, cabreada.

Francisco dio la vuelta y volvió a la mesita de noche, cogió su móvil y marcó. Esperó.

—Sí, capitán. Soy el sargento Ribas. Siento comunicarle que rechazo la misión de los narcos de Hilario. Sí, lo entiendo. Le haré una carta formal, pero entiéndalo. En estos momentos no puedo separarme de mi familia.

Colgó el teléfono y se giró. Janda estaba frente a él, con una sonrisa radiante y con Ricky cogido de su mano.

Los tres se abrazaron largamente en esas, las que prometían ser sus mejores Navidades.

Hola de nuevo y feliz año lectores. ¿¿Queda alguien ahí? Estos meses están siendo poco productivos. Me motivó ver el concurso de Zenda hace unos días y me animé a sacar un rato y escribir este relato, un curioso cuento de  Navidad. Espero os haya gustado y poder escribiros cosas nuevas pronto.

Comentar lo que queráis, compartir y seguirme si queréis saber cuando escribo algo nuevo.

¡¡Saludos!!

 

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4 respuestas a “Blanca Navidad

  1. El fantasma de las Navidades futuras ha dado un aviso muy, pero que muy certero.
    Por cierto que me he sentido transportado al capítulo de “Narcos” en el que se cargan a un soplón (en realidad, no era el soplón) de la policía y a su mujer, por la tensión tanto en tu texto, como en la escena.

    Le gusta a 1 persona

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