El voluntario (1a Parte)

Bienvenid@s a las tierras del horror. Hoy os traigo la primera parte de un relato que espero os espero que os sumerja en el auténtico terror. ¡A disfruterrorizarse!

voluntario

Anjali gritaba desesperada. Sólo oírla causaba una profunda desolación a los presentes. Por mucho que intentarán no conseguían que la infección remitiera. La gangrena comenzaba a hacer acto de presencia.

—Hice todo lo que pude —dijo Joan llorando tras dar un puñetazo a la frágil pared de la caseta-hospital del poblado—,  por Dios que lo hice.

—Lo sé —dijo Marola apoyando su mano en el hombro del chico—, pero por desgracia tendremos que amputarle la pierna. La infección puede pasarse a algún órgano vital o a la sangre y matarla.

Con mucho pesar, Joan asintió. Era el peor momento de su vida. Nunca lo imaginó cuando, hacía apenas seis meses, terminó la carrera de medicina y decidió viajar como médico en prácticas a la india. Se había enterado por su amiga y compañera Marola de un voluntariado de la OMS para aplicar el tratamiento multimedicamentoso a personas que padecían la lepra, y sin pensarlo se apuntó con ella.

Su único trabajo era examinar a los afectados para evitar las discapacidades producidas por la enfermedad y aplicarles esos medicamentos. No debían hacer nada más, pero cuando apareció la niña herida por una mina antipersonas abandonada por un campamento militar ruso cercano, no pudo dejar de ayudarla. Fueron tres semanas de duro trabajo en sus limitadas y poco equipadas instalaciones, y ahora tenía que cortarle la pierna. Sentía en el fondo de su corazón que le había fallado. Los ojos vidriosos de esa pobre moribunda se lo confirmaban.

Fue una intervención sencilla, mucho más que erradicar la infección. En tan sólo cuarenta y cinco minutos habían terminado. Después se deshicieron del miembro tirándolo al cubo de la basura, pues en ese poblado no disponían de contenedores sanitarios para ese fin.

Por la noche, con la niña ya estable descansando en su camastro, Joan escuchó un desagradable ruido fuera de la cabaña. Cómo en la zona había mucho ladrón que intentaba robarles medicinas para después revenderlas, salió a mirar con cuidado.

Casi se desmayó al ver a un ser parecido a un hombre descompuesto desgarrando con los dientes la extremidad aun caliente de la niña.

—Señor, ¿está bien? —preguntó Joan asustado pensando que nunca había visto un  y caso tan desgarrador de lepra—. ¿Necesita ayuda?

El hombre le miró con su mirada perdida, como si no le enfocara bien. Los ojos le aterraron. Estaban inyectados en sangre y los párpados se habían podrido hasta desaparecer por completo. El hueco sangrante de una nariz inexistente dejaba ver el hueso. Era horripilante. Joan dio  a un paso hacia atrás, en dirección al interior. De repente el pobre hombre enfermo saltó con violencia, aunque con movimientos torpes y lentos, hacia Joan que, atemorizado, entró en la cabaña y atrancó la puerta con un mueble.

—¿Qué pasa? —preguntó Marola que descansaba leyendo una revista en la silla situada al lado de la niña.

—No lo sé —dijo asomándose a la ventana con las manos aún sudadas y temblorosas. El monstruoso hombre se acercaba a la puerta decidido, quería entrar. Y lo peor era que por el camino venían unos diez seres más como ese.

—¡Coge a Anjali —gritó dirigiendose al armario y metiendo medicinas en una mochila—, nos vamos corriendo!

—Pero, ¿Qué pasa? —preguntó Marola ya visiblemente asustada levantándose del sofá.

—No lo sé, tu hazme caso y coge un macuto con comida y botellas de agua. Ahora nos Vamos corriendo, después te contaré.

Llenaron las mochilas, cogieron a la niña en brazos y se dirigieron a la puerta trasera. La niña lloraba por el dolor. Marola le dio medicinas para rebajar el dolor y que estuviera tranquila.

Pavorosos gritos de dolor y terror inundaron el poblado cuando Joan se disponía a abrir la puerta para salir. Se quedó quieto, mirando alrededor.

—Toma —dijo tendiéndole la niña a su compañera.

Marola la cogió y le miró confundida. Joan se puso el dedo índice sobre  a los labios para que no hablara, y después buscó algo por la cabaña. Cómo no encontraba lo que buscaba, arrancó a patadas una de las patas metálicas de la cama y la cogió.

—¿Para qué es?

—Para defendernos.

—¿Defendernos de quién? —preguntó Marola cada vez más angustiada.

—No quiero asustaros más. Tú sígueme, andaremos lo más rápido que podamos hasta la base militar.

—Pero eso está a dos horas —dijo ella alarmada.

—Pues no perdamos más tiempo —atajó él antes de abrir la puerta.

Se asomó con cuidado unos segundos. A un gesto suyo, salieron corriendo los dos en dirección opuesta a la de los seres. De pronto uno salió a su paso de detrás de una de las esquinas de la casa y cogió a Marola del brazo. Ella gritó muy asustada y dolorida, el hombre apretaba con fuerza para  y que no escapara.

Joan se giró al oír  a él grito. Vio como  y el putrefacto hombre se acercaba con la intención de moderle el brazo a su compañera. Lo impidió por lo palos al asestarle un certero golpe en la sien con el hierro de la cama. El hombre cayó al suelo y acto seguido volvió a incorporarse lanzando gruñidos bestiales.

Sin demorarse ni un segundo Joan volvió a cargar a la niña y comenzaron a correr lo más rápido que pudieron. El panorama era desolador. Había más de una docena de esos seres, que a Marola se le antojaron muertos vivientes, despedazando a los habitantes del poblado sin compasión ninguna. Los mordían, resgarraban su carne y bebían su sangre. Ellos estaban en una de las últimas casas, lo que les permitió salvarse huyendo campo a través.
Cuando llevaban media hora corriendo sin ver ningún peligro, pararon a descansar en una casa abandonada. Aún se oían gritos a lo lejos.

—¡Joder! ¿qué era eso? —preguntó la mujer.

—En otras circunstancias diría que es una locura, pero creo…creo que son zombis.

—¿Qué coj…

—Lo sé, lo sé. Es imposible, pero… ¿Qué son, si no? Tú has visto lo mismo que yo. Ni se quejó cuando le di en la cabeza. Se desplomó y comenzó a levantarse de nuevo. No se me ocurre nada más.

La niña, que lloraba desconsolada, dijo algo en hindú.

—Dice que tiene miedo —tradujo Marola.

Joan se acercó y le acarició la cara.

—Dile que esté tranquila, que todo irá bien.
Marola comenzó a traducir cuando un fuerte golpe en la puerta rompió el silencio. Detrás de ese, otro montón de golpes arremetieron contra la madera. Joan miró con precaución por la mirilla.

—¡Por Dios! Debe de haber por lo menos veinte. Tenemos que salir de aquí ya.

En la parte trasera encontraron otra puerta, pero también estaba siendo aporreada. Joan recorrió la casa buscando otra forma de escapar.

—Hay una ventana arriba, pero está muy alta para saltar. Aquí abajo hay dos, una está impracticable porque está atestada de esos putos seres, y por la otra no dará tiempo a salir sin que nos vean —dijo con la preocupación marcada en su rostro.

—¡Mierda! —dijo Marola mirando las bisagras de la puerta que bailaban cada vez más—. ¡Esta no aguantará mucho más!

—Saldré yo sólo —dijo poniendo la mano sobre la de Marola—. Al salir los atraeré hacía mí montando jaleo. Cuando dejen la puerta, sal corriendo lo más rápido que puedas. No mires atrás, no pares de correr hasta que llegues a la base oigas lo que oigas ¿De acuerdo?

—Pero, ¿Y tú qué…

—¿De acuerdo? —volvió a preguntar mirándola fijamente.

—Sí —contestó ella bajando la mirada.

Joan levantó la cara de la chica poniéndole el dedo índice y el anular bajo la barbilla. La obligó a mirarle.

—Estare bien, tranquila.

Ella le lanzó una sonrisa entre nerviosa y enamorada. El la besó, un beso apasionado que sabía a amor y a despedida. Después le sonrió unos segundos. Una lágrima recorrió  a la mejilla de la  chica. Antes de que la gota salada llegara a sus labios, Joan salió corriendo por la puerta, gritando.

Los golpes de la puerta cesaron. Marola miró por la ventana como los seres iban erraticamente tras él al interior del campo. Respiró aliviada pensado que Joan lo conseguía, pero justo entonces un ser harapiento con una bata blanca de médico salió de unos arbustos y se tiró sobre Joan. Los otros ocho que corrían tras el estaban a punto de darle caza.

Marola ahogó un grito y dejó de mirar para no presenciar lo que venía. Una fuerte agonía sacudió su cuerpo, se dobló en una esquina y vomitó en el sucio suelo. Después, sin volver a mirar, cogió a la niña en brazos y la barra de hierro y salió corriendo por el camino. Pensó que lo iba a conseguir por la memoria del bueno de Joan.

… continuará…

Fin de la primera parte. ¿Qué os a parecido? ¿Intetesante, horripilante, bueno, mala?

No dudéis en dejarme vuestros comentarios, compartir el blog con otros amigos o familiares que, como vosotros, sean audaces y no les asusté nada, y suscribiros para no perderos la segunda parte y otras historias.

Cada semana voy a intentar dejar  a una recomendación de algún relato, libro, cómic, o lo que sea relacionado con los temas aquí tratados, que me haya llamado  a la atención para que lo disfrutéis. Mi recomendación de esta semana es Arendar, un escritor novel, como muchos que andamos por aquí. Lo conocí en la plataforma Sttorybox y me encantan sus relatos y sus cuentos (en especial “Diario de un extraño“, “2 Horas” y “De cómo la Neptuno halló su final“). Seguro que también os gusta, en enlace a su página de Sttorybox aquí.

Muchas gracias!!

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2 thoughts on “El voluntario (1a Parte)

  1. Vaya… malditos necrófagos muertos vivientes que rebuscan en la basura (es lo que he pensado con lo de la pierna cercenada 😀 )
    Buen relato, frenético tras un arranque para colocar en situación (un contexto que no augura nada bueno, por la pobreza y enfermedad presentes) que se sube al carro del género de zombis con acción, realmente divertido.
    Una cosilla: hay algunos fallos en la acentuación de ciertas palabras, así como errores que no son muy importantes, pero que hay que cuidar en el estilo, como “india” (sería en mayúscula), alguna coma que falta y ciertas repeticiones de palabras excesivamente juntas que afean algo el texto.
    ¡Un saludo, y hasta el siguiente fragmento! 🙂

    Le gusta a 1 persona

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