El artefacto

Una semana más gracias por seguir ahí. Veo que sois valientes.

Quiero dar las gracias a la tristemente desaparecida Terror.Team por elegirme finalista en su concurso “Escritos de fuego“. Para mí significa mucho viniendo de ellos, unos expertos del género.

El veredicto a sido el siguiente:

Ganador: Luces y sombras de Jaume Vicent

Finalistas: Maldad de Valentín Bayón (yo) y Hoy comeremos carne de Enrique Ferrer.

Enhorabuena a los dos, seguro que son grandes y terroríficos relatos. El de Jaume lo veremos en la antología que publicarán los organizadores del concurso. El mío lo podéis leer en mi entrada “Pura maldad“, y el de Enrique esperemos poder leerlo por algún medio (si alguien puede acceder a el que avise).

No dejéis de comentar si conocéis algún otro concurso de relatos de terror o misterio.

Por otra parte le deseo lo mejor a los integrantes de la página desaparecida. Si queréis ver otro muy buen blog de terror, visitar Dentro del Monolito.

Y ya, sin más, os dejo con el horripilante relato de la semana, un híbrido de terror y ciencia ficción que espero que os atemorice hasta el tuétano.

Matías, como todas las noches desde hacía diez años, trasteaba con su detector de metales buscando pequeños tesoros por la orilla de la playa. Esa noche, tras tomar unas copas con un antiguo amigo, estrenaba el regalo que le había hecho su esposa en su último cumpleaños, un detector de última generación Garret Ace 250.

Ese hobby era lo único que le relajaba después de su jornada de juez de lo penal, siempre rodeado de delincuentes varios. La vibración que emitía el aparato le tranquilizaba y le hacía olvidar hasta los casos más truculentos.

Esa noche no había luna y una ligera brisa acariciaba la costa refrescando el calor que había dejado el sofocante sol de agosto. El juez miró el reloj y decidió que las dos y media de la madrugada era buena hora para terminar por ese día y volver a casa.

Cuando se iba a dar media vuelta para volver al coche, el detector comenzó a pitar violentamente. Matías emocionado sacó su pequeña pala del cinturón de herramientas y removió un poco la arena, pero no vio nada.

—Bueno, parece qué está profundo —se dijo a sí mismo dejando en el suelo el detector, que todavía lanzaba su continua vibración—. Vamos a ver.

Se arrodilló con dificultad, hacía cinco años que le habían puesto una prótesis, y cavó un pequeño agujero hasta que dio con el culpable de los pitidos. Era un trozo de metal blanco pulido en forma de huevo alargado del que brotaban tres tentáculos grisáceos y viscosos que parecían de algún ser vivo. Los tocó con asco. Es un extraño artefacto, pensó. Será algún juguete de esos modernos para manejar con el móvil.

De pronto la vibración del detector cesó, se hizo un espeso silencio. A Matías le sorprendió porque había cargado la batería a tope y solía bastarle para dos noches enteras.

—¿Qué demonios… —Un fuerte viento le azotó de golpe y una luz cegadora iluminó toda la playa con un potente zumbido.

Matías intentó retroceder, pero sus piernas no reaccionaban. Su cuerpo entero no reaccionaba. La luz se aproximaba a él haciendo su visión cada vez más dolorosa. Entonces pudo distinguir como descendía del cielo un objeto triangular del tamaño de un autobús de dos plantas.

El terror atenazó su corazón. Por unos instantes llegó a pensar que se le pararía y moriría ahí mismo. Incapaz de realizar ningún movimiento, vio como la insólita figura aterrizaba en la playa sin emitir ningún sonido. Se dio cuenta de que no oía ni el murmullo del mar, todo había cesado.

Una de las partes del triángulo se separó del objeto y se deslizó hacia el  y suelo, creando una rampa. Durante unos segundos nada  sucedió. Matías pensó por un instante que todo eso no era más que un mal sueño y que pronto despertaría de la pesadilla, pero entonces surgieron del interior tres seres grotescamente abominables. Difíciles incluso de ver sin pensar que uno había perdido la razón y danzaba por las tierras de la locura.

Eran muy altos, de unos dos metros y medio. En lo que el juez supuso que era su cara no pudo distinguir ojos, pero notaba que le miraban, no sabía cómo, pero lo hacían. Coronando su cabeza vio unas terribles fauces dentadas parecidas a la de un lobo en posición vertical. Desde la espalda de su cuerpo humanoide brotaban decenas de lascivos tentáculos de color rosáceo de más o menos un metro y medio de largo moviéndose sinuosamente. La piel amarilla de los seres vibraba moviéndose de una forma muy desagradable, le recordaba a un millar de larvas devorando un cadáver putrefacto.

Uno de los entes, el más bajo de los tres, se acercó a él y de un rápido movimiento le arrancó el artefacto que había encontrado de las manos, y se lo tendió al que iba tras él, que parecía ser el más alto y robusto. Éste pareció asentir y emitió unos misteriosos sonidos parecidos a los que lanzan las ballenas. A esa señal, el tercero, que era más bajito que el segundo pero igual de robusto, rodeó a Matías sin previo aviso con sus tentáculos. El dolor fue agónico, Matías se sentía asfixiado, el aire no entraba en sus pulmones. Se orinó encima por el miedo antes de caer inconsciente sobre la arena.

Cuando despertó, no sabía dónde estaba. Hacía mucho frío y él estaba completamente desnudo tumbado sobre una mesa de un material cristalino. A su alrededor había dos de esos horribles seres. Sólo que éstos tenían toda la piel del cuerpo rosácea. No tenían esa masa vibrante de color amarillo cubriéndoles el cuerpo. Matías supuso que eso sería alguna especie de traje o armadura porque la parte rosa del cuerpo, a diferencia de la de los tentáculos, parecía extremadamente frágil.

Uno de los seres se acercó a el reproduciendo ese sonido agudo e irritante con el que se comunicaban. Luego cogió un utensilio puntiagudo de una mesita situada al lado de Matías. Con el rabillo del ojo distinguió una fila de herramientas expuestas sobre dicha mesa. Entonces se dio cuenta de que iban a ser usadas contra él. Recordó la película de 1995 en la que unos científicos realizaban una supuesta autopsia a los humanoides de Roswell y comenzó a gritar e intentar patalear, pero seguía sin poder moverse para zafarse de sus captores.

Los alienígenas no se inmutaron por los gritos agónicos y aterrados de Matías. Siguieron con su tarea como si nada sucediera. El segundo ser se acercó con algo en las manos que emitía un leve pitido rítmico y pausado. Lo situó al lado del cuerpo de Matías. El juez reconoció, en los apenas dos segundos que estuvo al alcance de su vista, el artefacto que encontró en la playa.

El primer alien emitió un sonido corto al compañero y acercó el utensilio puntiagudo al pecho del “paciente”. Una especie de haz de luz eléctrica parecido a un arco voltaico surgió alrededor de la punta y comenzó a cortar la piel de Matías, que gritó desesperado. Era un dolor con nunca había sentido. El nauseabundo olor a carne quemada inundó las fosas nasales de Matías, que no podía reprimir unas lacerantes arcadas. El segundo “científico” cogió el artefacto ovoide de la playa y lo tocó y con otro aparato. El huevo pareció activarse. Comenzó a emitir unos pitidos constantes y rítmicos. Los tentáculos empezaron a moverse en una oscilación frenética, repugnante.

Matías intentó mover el cuerpo para soltarse pero todo era inútil. ¡Que civilización tan sanguinaria debe ser una que inventa algo para dejarnos inmóviles, pero que no nos impide sentir el dolor!, pensó con pavor.

El primer alienígena terminó de abrir su vientre con parsimonia, cauterizando la herida a medida que se abría, y el segundo acercó el artefacto de la playa, que cada vez pitaba con más fuerza, al hueco abierto en sus entrañas. Matías lanzó desgarradores gritos de dolor y auténtico terror cuando sintió que los tentáculos del huevo se agarraban con fuerza a su carne y se introducían en el interior de su cuerpo moviéndose con gran agilidad y velocidad, como una cucaracha que se esconde de la luz bajo el frigorífico. El intenso dolor hizo que el juez se desmayara.

La profunda negrura lo invade todo. Un pitido rítmico suena en ecos por doquier. Figuras negras con largos tentáculos le persiguen emitiendo horrendos sonidos que le enloquecen. Por mucho que Matías corre le consiguen atrapar y le estiran entre varios hasta arrancarle las extremidades.

—¡Aggghhh¡ —grita el juez despertando de golpe e incorporándose en su cama. Está totalmente empapado en sudor, ha mojado hasta la sabana. Nota como una mano se posa en su pecho y vuelve a chillar angustiado apartándola de un manotazo.

—Tranquilo cariño. Soy yo —le dice su mujer, tranquilizándolo y mirándolo con una sonrisa cariñosa—. Has tenido una pesadilla.

—Madre mía, que mal lo he pasado —dice Matías sentándose—. No te lo puedes ni imaginar, mi amor. Menos mal que me has despertado. —Se tranquiliza pensando que todo ha sido un sueño causado por las copas ingeridas por la noche con su viejo amigo.

—No, si a mi me has despertado tú —aclara señalándolo con la mano—. Yo no me he enterado de nada. Te habrá despertado ese puñetero pitido.

—¿Qué pitido?

—¿No lo oyes? —dice mirando con preocupación a su marido—. Lleva sonando un rato, pero estaba tan cansada que no tenía fuerzas ni para avisarte. Imaginé que era alguna alarma.

—Parece que viene de entre las sabanas —dice él igual de confundido mirando por encima de la colcha.

—¿Dejaste otra vez el móvil en la cama?— pregunta la mujer endureciendo el gesto y apartando con brusquedad las sabanas—. Sabes que no me gusta, no es bueno para la salud.

Entonces descubre una luz parpadeante a través del pijama de su marido que acompaña el ritmo de ese extraño pitido.

—¿Qué coño…

La mujer acerca con cautela la temblorosa mano al pijama de su marido. Se queda unos segundos cogiendo la ropa, pero sin atreverse a levantarla. Presiente algo malo. Mira a Matías que está encorvado hacia adelante sobre si mismo para mirar lo que  a veces la mujer. Está  petrificado, mirando sin hacer a mi decir nada. Entonces levanta de un tirón la camiseta.

Un gritó aterrador surge de los labios de la mujer. Matías tiembla de pánico, sin poder siquiera hablar. Los dos miran perplejos la repugnante cicatriz que le atraviesa el vientre. Los dos miran como la cicatriz, aún tierna, se mueve como si unos tentáculos viscosos se retorcieran en su interior.

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo? Espero que temblando de pavor.

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