Jean-Pierre Labasú

Bienvenid@s a las sombras una semana más. Hoy quiero comenzar recomendando un terrorífico libro de relatos que cayó en mis manos (bueno, más bien en mi móvil) y que me ha sorprendido gratamente. Se trata de Noche de almas de Mikel Santiago.

Os dejo la opinión que puse del libro en Amazon: “Relatos muy intrigantes y con unas descripciones y personajes fabulosos que te introducen en su universo a la perfección. La historia que da nombre al texto me parece increible, las demás están bien, pero pienso que se les podía sacar más jugo.

En definitiva, me ha encantado poder conocer a este autor y voy a seguir su obra sin duda. Hay muchos problemas de acentuación, repeticiones y faltan palabras, son más problemas de revisión que de estructura. Supongo que en las demás novelas este problema ya estará solucionado, pero yo sí que le recomendaría una revisión y actualización de su obra para que esté más limpia”

Y así, sin más, llegamos al pavoroso y vengativo relato de la semana. Pasarlo de miedo…con miedo, como decía uno de los más grandes.

El pequeño y tranquilo pueblo de montaña amaneció esa fría mañana de finales de febrero empapelado de carteles. En ellos se anunciaba un gran espectáculo de magia en la plaza mayor de mano del Gran Mago Jean-Pierre Labasú.

Cuarenta y cinco minutos antes de la hora marcada la plaza ya estaba abarrotada. Casi todo el pueblo se presentó a la cita. El entusiasmo se palpaba en el aire, sobre todo por parte de los niños que no paraban de reírse y berrear mientras correteaban entre las sillas de plástico.

Era la primera vez que venía un mago itinerante al pueblo. Más bien, era la única atracción que les visitaba desde hacía años. Antaño venía el circo ambulante de fenómenos con sus grotescos e increíbles personajes: enanos siameses, el niño perro, la mujer barbuda, niños deformes con dos cabezas o cuatro pies, etcétera.

Fue a raíz de los altercados de 1883 que se quedaron sin visitas de ese tipo. Era un pueblo relativamente pequeño y extremadamente tranquilo en el que nunca pasaba nada, por eso mismo los sucesos acaecidos habían marcado tanto a los vecinos del pueblo y alrededores que, aun habiendo pasado ya quince años, todavía hablaban de ellos. Y eso que muchos de ellos aún ni habían nacido o eran muy pequeños cuando sucedió.

Pasó que esas buenas gentes no pudieron permitir la manera en la que el “dueño” de esos fenómenos maltrataba al pobre niño perro y los demás fenómenos del circo. El chico tenía una deformidad en las piernas que le obligaba a doblarlas al revés y caminar a cuatro patas con mucho dolor. A medida que pasaba el tiempo el semblante del niño mostraba más dolor, por lo que cada vez iba más lento. El feriante no paraba de golpearlo sin piedad con su bastón para que andará más aprisa e hiciera sus absurdos trucos.

Serviliano, el joven hijo del tabernero del pueblo, aprovechó que el cruel hombre pasaba por su lado para arrebatarle el bastón antes de que agrediera  y de nuevo al niño.

—¿Qué pretendes ignorante? —espetó el feriante enfrentándose a él—. ¡Son mis fenómenos! No deben tener compasión por ellos. ¡Son peor que animales!

El joven hijo del tabernero se abalanzó sobre él y le golpeó violentamente con su propio palo. Los vecinos y, sorprendentemente, los fenómenos del circo, se unieron a él. Durante el forcejeo Serviliano y los demás subieron tras el villano al escenario, donde pretendía esconderse. Accidentalmente, al abalanzarse sobre él para golpearlo, Servi tiró una de las lámparas de aceite que iluminaban la función. Un pequeño fuego se desató y enseguida creció al alcanzar el ccarruaj contiguo. Mientras, el hombre recibía una brutal paliza que lo dejó inconsciente.

Los vecinos escucharon unos gritos que provenían del interior del carro. De pronto la espiral de violencia cesó. Todos se miraron como si no entendieran qué estaba sucediendo, como si salieran de un trance hipnótico.  Intentaron tirar la puerta del carruaje para auxiliar a la persona encerrada, pero ya era muy tarde. El fuego impidió cualquier intento de ayuda y devoró por completo el carro y a quién fuera que hubiera dentro.

Por miedo a represalias por parte de las autoridades, y dado que todos eran culpables de lo sucedido ahí, los vecinos hicieron desaparecer los restos del carruaje y del cuerpo  tras prometer un pacto de silencio.

Los fenómenos de la feria huyeron juntos al bosque, donde intentarían llevar una vida más honrada. Al principio se les veía de vez en cuando, pero al final  y fueron desapareciendo hasta no quedar ninguno. Desde entonces, durante muchos años, se contaron leyendas sobre monstruos que rondaban por los bosques aledaños, pero la realidad fue que nunca más se les volvió a ver.

El feriante despertó tras un largo periodo de inconsciencia en la casa de socorro del pueblo vecino. A voz en cuello gritó preguntando por su hija, una adolescente que descansaba en su carruaje durante las actuaciones. Los médicos contestaron que no sabían nada de una chica, él había llegado solo y no sabían cómo.

—Juro que me vengaré —dicen que gritaba el feriante cuando descubrió lo sucedido—. No sé cuándo, pero lo haré —amenazó.

Pero nadie lo volvió a ver jamás. Se convirtió en una historia que se contaba a los niños, pero de la que todos llegaron a dudar si había pasado en realidad.

En la plaza la gente comenzó a inquietarse. Era casi la hora y el mago no había hecho acto de presencia. Algunos vecinos un poco más impacientes se levantaron de sus sillas cuando, de pronto, junto al repiqueteo de las campanadas de la iglesia, comenzó a sonar una música de pianola que invadió la plaza. Los vecinos miraron en todas direcciones sin saber de dónde provenía.

Inesperadamente, en el centro de la plaza, sonó un fuerte ruido hueco y una columna de humo multicolor apareció de la nada. La gente se asustó y gritó, pero al instante se pusieron a aplaudir, pues, al disiparse el humo, un extraño carruaje de metal beige parecido a una locomotora de vapor adornada con extraños cachivaches de metal oscuro y lámparas de aceite por todos lados. Del techo brotaban unos extraños tubos con forma de trompeta por los que surgía la exótica musiquilla.

La gente asombrada aplaudió y vitoreó con más entusiasmo cuando unas de las paredes laterales cayó, convirtiendo al carruaje en un improvisado escenario franqueado por cortinas rojas y un cartel negros cuyas letras doradas rezaban: “El Asombroso Mago Jean-Pierre Labasú”. En el centro, había una bonita mesa redonda con un mantel negro donde descansaban varios utensilios necesarios para los trucos de magia. En la parte trasera se distinguía una extraña caja de gran tamaño decorada con motivos barrocos. Frente a la mesa, un hombre alto de mediana edad vestido con un elegante traje de chaqué largo y una chistera negra les saludaba. Un larga melena blanca, un vigoroso bigote y una espesa barba del mismo color cubrían casi por completo el semblante del personaje.

Frente a la fascinación de grandes y pequeños, el mago realizó una serie de trucos magníficos. Hizo levitar objetos como cucharas o botijos, después hizo que desaparecieran y volvieran a aparecer esos objetos, a veces en el mismo sitio y otras en lugares diferentes. Ahora, para el truco estrella, una caja de unos dos metros, la que se viera antes al fondo del sencillo escenario, ocupaba el centro.

—Para el último y más increíble truco necesitaré a una bella ayudante —dijo melosamente el mago con sus modales de ciudad.

Nadie respondió, la gente se rio y se agito nerviosa, sobre todo los más pequeños. El mago miró a los asistentes, todos le esquivaban la mirada hasta que topó con los bonitos ojos marrones de una preciosa chica. El mago entendió que en los pueblos de interior no era cómo en la ciudad, estaría mal visto que ella se ofreciera a exhibirse, así que él se acercó y le tendió la mano.

—Usted señorita —dijo con una radiante sonrisa tendiéndole la mano—. ¿Me haría el honor de ayudarme en el más impresionante de los números de magia?

—No, no gracias —se ruborizó la chica mirando de reojo a sus amigas.

—Venga Merceditas, sal ahí —reían y vociferaban los vecinos. La hija del tabernero era muy popular entre los chicos. Era la única adolescente del pueblo. Entre la emigración a las ciudades y las fiebres que sacudieron el pueblo cuatro años atrás en las que murieron varias decenas de habitantes, sólo quedaban algunas niñas y mujeres mayores de treinta.

La chica, tras hacerse un poco de rogar, salió al escenario con los aires de una artista del teatro. Todos aplaudían y silbaban mientras el mago la ayudaba a tumbarse dentro de la caja. Después la cerró de forma que sólo sus pies y su cabeza asomasen y puso un gran candado negro.

—Ahora necesito un poco de silencio —pidió el mago haciendo un gesto con las dos manos hacia el suelo—. Van a contemplar el truco de magia más impresionante de todos los tiempos. —Dejo pasar unos segundos en silencio para aumentar la tensión. Y comenzó de nuevo moviendo los brazos de forma exagerada—. Con el poder de la magia, señoras y señores…con el poder de la magia voy a cortar a esta muchacha en tres partes.

El público se agitó y murmuró, una mujer dio un corto pero sonoro grito y se tapó la boca cuando vio ruborizada que la miraban. Pero nadie dijo nada, sabían que era un espectáculo. Pero la protagonista no lo tenía tan claro, fue a la que más le asustó, como es lógico, la intención del mago. Le cambió el gesto de la cara, empalideció.

El mago colocó delicadamente unas grandes cuchillas en las ranuras de la caja. Primero, con elegantes movimientos, a la altura de la cintura y después a la altura del cuello. La gente aguantaba la respiración. Ni una pestaña se movió en la plaza.

—¡Abracadabra! —gritó a la vez que daba tres golpes bruscos consecutivos a las cuchillas, introduciéndolas en la caja y haciéndolas salir por el otro extremo. Un corto grito de asombro invadió la plaza. Después un intenso silencio.

—¡Tachán! —dijo el mago apartándose y dejando al descubierto la cara compungida de la chica—. ¿cómo éstas Merceditas?

—Bien —contestó ésta lanzando una risa nerviosa.

Una gran ovación sin precedentes en el pueblo inundó la plaza. El público aplaudió, gritó y rio largo rato. Finalmente, el mago levantó la manos y el público enmudeció expectante. Varios segundos pasaron y el mago no decía nada, sólo estaba quieto con las manos en alto. Los vecinos le miraban cada vez más confusos, comenzaron a inquietarse. De pronto una extraña mueca parecida a una sonrisa se dibujó en la cara del mago.

—Ja Ja Ja —rió el mago lanzando una maléfica carcajada que heló la sangre de los asistentes—. ¿Nunca les dijeron sus queridos progenitores que no se fiaran de los desconocidos? Necios.

Los vecinos se quedaron sin habla, no comprendían. Algunos se levantaron indignados y abucheaban.

El mago, con movimientos secos, se arrancó la barba y el bigote, y después se quitó lentamente la peluca.

—¡Es el desgraciado del circo de los monstruos —gritó Serviliano reconociendo al hombre al que había frenado años atrás cuando intentaba pegar al pobre niño-perro—. ¡saca de ahí a mi hija inmediatamente!.

Todos se levantaron gritando de forma amenazante. Se sentían engañados por ese farsante, y lo que era peor, removía sus conciencias por lo pasado hacía quince años. El mago levantó impasible las manos.

—Ahora soy Jean-Pierre Labasú, el mago —dijo con una voz sobrenatural que no encajaba con su enclenque cuerpo. La gente se paralizó asustada por un momento—. Y estoy aquí para maldeciros. Sí, para maldeciros hasta el fin de los tiempos. Os arrepentiréis siempre de haberme conocido y de lo que le hicisteis a mi hija, sobre todo de lo que le hicisteis a mi pobre Geraldine. Desde este momento, toda mujer joven que en este pueblo ose entrar, al igual que mi hija, perecerá.

La gente salió de su letargo y se abalanzó de nuevo contra el escenario. Cuando estaban apunto de cogerlo, el mago, de un rápido gesto, tiró algo al suelo que hizo aparecer una nube de humo rojo que desconcertó a todos. No se veía nada, la gente se chocaba y caía intentando agarrar al hombre.

Pasaron apenas ocho segundos de confusión cuando se oyó un grito desgarrador de mujer.

—¡Oh Dios mío! —gritó otra voz.

El humo fue desapareciendo y con él el mago. Una dantesca imagen apareció frente a ellos. La gran caja estaba separada a la altura de la cintura de la chica. Todas sus entrañas colgaban de su vientre humeantes debido al contraste con el frío exterior. La cabeza, con una horrorosa sonrisa, reposaba cortada encima de la caja sobre un espeso charco de sangre.

El cartel con el nombre del mago situado en el escenario había caído. En su lugar habia una barras de madera de las que colgaban las cabezas del niño-perro, las siamesas y demás fenómenos del circo de los monstruos, junto a un mensaje pintado con sangre:

“Os juré que me vengaría.”

De la chimenea del extraño carro comenzó a salir un chorro de vapor a presión acompañado de un agudísimo pitido ensordecedor. La gente corrió despavorida alejándose del extraño vehículo. El único que no corría era Serviliano, que se abrazo a la cabeza de su hija. Maldecía el alma del mago entre sollozos y lágrimas mientras besaba la cara ensangrentada de su querida hija. En ese instante pensó que al menos el tenía ese consuelo, al feriante no le dieron la oportunidad de besar el cadáver carbonizado de su hija.

El pitido cesó de golpe, toda la gente dejó de correr y miró la carroza, aliviada. Una terrible explosión surgió de la locomotora lanzando fuego líquido por  toda la plaza. Los gritos desesperados duraron apenas unos segundos. Ese diabólico fuego, enviado por el mago como vendetta, había matando a todos los vecinos presentes del pequeño y tranquilo pueblo.

Una vez más, gracias por estar ahí, espero os haya removido algo por dentro.

No dudéis en comentarme lo que queráis, ser valientes y seguirme si os gusta lo que leéis para no perderos nada y compartir esto en las redes sociales.

Que las pesadillas os acompañen.

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4 thoughts on “Jean-Pierre Labasú

  1. ¡Haaaaala! Pobre Merceditas… Y pobre resto del pueblo, ya que estamos.
    Violento y crudo, bastante salvaje, aunque no desagradable, si obviamos la escena de las entrañas y las cabezas 🙂
    Una idea de desarrollo: Se me ocurre que, en vez de hacerlo lineal (es decir, primera parte referida a los sucesos del pasado que son el prólogo de la segunda parte en el “presente”), se podría hacer con saltos temporales, a saber: iniciando en el presente, haciendo un “flashback” dialogado que vaya dando pistas sobre la razón de la venganza y conclusión de nuevo en el presente. No digo que lo hagas, claro, es solo que soy un fan de los saltos temporales en la narración 😀

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